domingo, 18 de septiembre de 2016

MI AMIGO QALUPALIK

Siempre me ha dado miedo la oscuridad, y eso que estoy bien acostumbrada a ella. Allí donde vivía la noche dura tres meses aunque a mi me parecía que era mas tiempo. Ahora aquí, donde estoy, siempre está oscuro y siempre tengo miedo, siempre, excepto cuando mi amigo está conmigo.

Cuando vivía en el pueblo me encantaba jugar en la orilla, tirábamos piedras a las medusas que se acercaban a las rocas del embarcadero y reíamos al ver como éstas se hundían hasta desaparecer en las profundidades del fiordo. A mis padres sin embargo no les gustaba nada que jugáramos allí. Mi hermano y yo teníamos que escaparnos por la pequeña puerta de la parte de atrás de casa por donde entraba y salía el perro. Mi madre no podía vernos correr hacía el mar porque la ventana de la cocina estaba justo al otro lado de la casa, mirando a la colina. Yo tenía seis años por aquel entonces, o eso me decían, ahora ya no sé cuantos tengo, ha pasado mucho tiempo. 

Nuestros amigos venían con nosotros a menudo pero nunca después de que se pusiera el Sol. En verano, como nunca se ponía, pasábamos las horas muertas con los pies metidos en el agua todos juntos, cada uno subido a una piedra. A veces ni siquiera hablábamos, especialmente los días de viento cuando soplaba fuerte y apenas podías oír lo que decía el de al lado. Esos días simplemente nos sentábamos a ver como las aguas del fiordo se erizaban en continuos remolinos de espuma y observábamos atentamente como las olas balanceaban fuertemente las barcas del pantalán.

¡Ahh! que buenos tiempos..., el sol en nuestras caras, el viento agitando nuestro pelo y los pelillos de los brazos de punta porque el aire que venía desde el interior del fiordo y del lejano glaciar a veces nos dejaba helados. Si, aquellos eran buenos tiempos, ahora hace mucho que no veo el Sol, tanto como tiempo que no veo a mis padres y no siento la brisa helada, aunque aquí hace frío, a veces demasiado. Se lo digo a mi amigo, pero el sin decir nada, siempre me hecha un brazo por encima del hombro, uno de sus húmedos y pegajosos brazos, como a modo de consuelo. Creo que en realidad no le importa, o si lo hace, al menos parece que no puede hacer nada. 

Aquí donde vivo ahora oigo a veces la voz ahogada de mi madre como a través del agua, la oigo llamarme una y otra vez, siempre con voz fuerte pero también desesperada. No puedo contestar porque mi boca, mi garganta y mis pulmones están llenos de agua. Yo abro la boca, pero el aire no entra y el grito no sale.

Mi amigo se llama Qalupalik. El también tiene el pelo largo como yo y a los dos se nos agita, ya no por el viento sino por el agua que corre a veces fuerte donde estamos. Se porta bien conmigo, compartimos el pescado que el trae y masticamos algunas de las algas que recoge en la orilla mientras estamos sentados en unas piedras. Me recuerda a aquellos bonitos momentos con mis amigos, pero no es igual.  Mis padres nos habían hablado muchas veces sobre él. Nos decían que Qalupalik vivía en el agua desde hacía mucho tiempo. Nuestros abuelos también nos contaban algunas historias que, a su vez, a ellos les habían contado sus abuelos. 

Mi hermano me dijo que una vez había visto a Qalupalik. Fue una mañana de invierno, estábamos jugando en el hielo entre las piedras de la playa. Yo había abierto un agujero en la orilla y jugaba a romper con un palo el nuevo hielo que se formaba rápidamente en él. Cuando me cansé y me di la vuelta para volver con mi hermano vi como su cara, al principio sonriente, cambiaba. Sus ojos se abrieron de par en par y levantó una mano temblorosa para señalar en dirección al hueco que había abierto. Rápidamente me dí la vuelta pero no vi nada. Que gracioso, pensé, debe estar gastándome una broma. Pero no, me dijo que había visto una cabeza asomarse por aquel agujero. No puede ser. Una cabeza con una cara de piel verdosa y pelo largo como si fuesen algas. Tenía las mejillas llenas de manchas marrones como lunares, me dijo. No le quise creer pero su voz temblaba, no del frío, y su cara era del color del hielo azul de los glaciares. No pensé mas en ello aunque aquella noche no pude dormir.

Nunca antes había visto a Qalupalik hasta aquel atardecer. Nuestros amigos ya hacía rato que se habían marchado, obedientes. Ellos corrían a casa siempre que el último rayo de sol desaparecía. Como siempre que eso pasaba, el frío caía sobre el pueblo como una cascada de agua helada. A mi hermano y a mi no nos importaba porque preferíamos estar al aire libre que oyendo discutir a nuestros padres en casa. Nuestra casita roja era muy pequeña y nos teníamos que tapar los oídos en nuestra habitación para no oírlos. 

Era primavera, pero el embarcadero estaba todavía helado con una capa de hielo suficientemente gruesa como para permitirnos andar por él. Las nubes estaban formando aquel día esas curiosas formas de lenteja que a veces hacen cuando sopla fuerte el viento.

Nos habíamos encaramado a un iceberg cercano que estaba atrapado por el hielo del fiordo, no muy lejos de la orilla. Estábamos entretenidos viendo una bolsa flotar en el aire, moverse de arriba a abajo y de izquierda a derecha. Era una bolsa roja que parecía un globo. Hacía un contraste muy fuerte contra el intenso cielo azul, como la sangre de una foca cuando se derrama sobre la nieve. A veces, incluso se quedaba quieta en el cielo a pocos metros de nosotros como si estuviesen tirando de ella en diferentes direcciones. 

Era muy divertido. Mi hermano no paraba de reír y se balanceaba en el iceberg chocando continuamente contra mi. De repente, la bolsa bajó hasta la superficie helada del agua como si de buenas a primeras hubiese pasado a pesar más que una ballena.  Me incorporé, salté del iceberg y me acerqué a ella corriendo, medio patinando por el hielo. No había nieve, hacía una semana que no nevaba y el hielo estaba totalmente limpio. Aunque tenía bastante espesor, se podía ver el agua negra por debajo.

Llegué donde estaba la bolsa. Por suerte se encontraba justo delante de donde el hielo empezaba a parecer más delgado y agrietado. Me puse de rodillas y con un rápido movimiento de mano, como si estuviese tratando de atrapar una trucha en el río, la cogí con firmeza. Sonreí. Un soplo fuerte de viento me dio en la cara y tiró mi capucha hacia atrás. Me reí. Me encantaba el viento. Girando sobre mis rodillas me dí la vuelta y sonreí a mi hermano que todavía estaba encaramado al iceberg. ¡Ya la tengo!, le grité agitándola en el aire. Pero otra vez estaba esa expresión en su rostro, la piel azul, los ojos como platos y la boca muy abierta. Me recorrió un escalofrío por toda la espalda, como si me hubiesen echado un cubo de agua helada por dentro del cuello de mi chaqueta. 

Otra vez su mano derecha se alzaba temblando con un dedo apuntando hacia mi. No, no, no. Pero esta vez lo oí. Y también lo olí. Un olor como a pescado malo, un sonido de agua chapoteando y un gorgoteo. No hacía falta darse la vuelta, sabía quien era. Lo sentía. No podía moverme. Mi cuerpo estaba paralizado por el terror y a la vez por algo más. Era como si la curiosidad más extrema se hubiese apoderado de mi mente y me obligase a esperar congelado a ver que podía pasar. No moví ni un músculo, creo que solo mis ojos tenían vida en aquel momento. La expresión de mi hermano no cambió, era como si el tiempo se hubiese detenido para nosotros pero no para la criatura que acababa de salir del hielo y que tenía detrás. 

Sus brazos húmedos me rodearon primero por el cuello y se deslizaron hacia abajo por mi pecho hasta abrazarme completamente. El gorgoteo húmedo y el aliento a podrido me erizó los vellos de la nuca y unos pelos largos y empapados como algas cayeron por un lado de mi cara y de mi hombro mojándome también mi pelo. Mi cabeza se giró lentamente hacia la cara de aquella cosa que se apoyaba en mi hombro hasta que mi mejilla, helada por el viento cortante, se encontró con la mejilla cálida y pegajosa de aquella monstruosidad mitad humana mitad criatura del mar. Sentí como el agua fría comenzaba a colarse por encima de mis botas empapándome primero los pies para luego seguir subiendo por los tobillos y piernas hasta llegar al cuello. En el último instante, justo cuando mis ojos también se llenaban de agua, busqué la mirada de mi hermano en aquel rostro desencajado para despedirme de él.

Ahora ya ha pasado tanto tiempo que casi no recuerdo su cara, solamente aquellos ojos aterrorizados y el color azul que los rodeaban, siguen clavados firmemente en mi memoria. Solo los ojos, nada más. Además de los aullidos de mi madre y sus sollozos apagados, a veces oigo la voz de mi padre, mucho mas serena, cuando con el kayak sale en primavera a buscarme entre los témpanos de hielo. Hace tiempo que no caza y cuando sale al mar lo hace solo para buscarme. Me gustaría decirles que no se preocupen y que dejen ya de intentar encontrarme. Qalupalik cuida de mi, no dejará que nadie me haga daño aquí donde estamos. Quiero decirles que no voy a volver y también que mi hermano puede quedarse con todas mis cosas si las quiere. 

Qalupalik a veces se marcha y me deja sola. Sé que cuando cae el sol, al atardecer, se dirige a la orilla de la playa o al embarcadero a buscar a otros niños como yo. No sé porque lo hace, quizás porque se siente solo aquí debajo del agua. Qalupalik espera siempre pacientemente detrás de la piedras de las orillas del fiordo atraído por las risas de los que juegan junto a ellas. No tiene prisa. Sus ojos nunca parpadean y tampoco habla. Qalupalik tan solo se agazapa vigilante, observando desde su escondrijo, y no le importa cuanto tiempo tenga que esperar.

NOTA: Inspirado en el corto de animación Qalupalik de Ame Paptsie.

jueves, 18 de febrero de 2016

ULTIMA LLAMADA / LAST CALL

El problema viene cuando sientes el frío por dentro. La vida entonces pasa a contarse por minutos y no por años. 

No tienes muchas esperanzas de sobrevivir cuando te encuentras a cientos de kilómetros de cualquier ruta marítima y a más de mil del fuerte mas cercano. Las esperanzas palidecen todavía mas en tu cerebro cuando sabes que esas rutas marítimas se encuentran totalmente bloqueadas por el hielo y lo van a seguir estando durante al menos un par de meses más. 

- Nadie va a venir a salvarme, es aquí donde voy quedarme para siempre. 

Es aquí donde con suerte alguien tropezará con mis huesos pelados y dispersos y se preguntará como demonios llegué tan lejos. Nuestro cerebro es un testarudo Pepito grillo que se resiste a creer que somos capaces, muy capaces de morir. Los diez centímetros de nieve que llevo acumulada a mi espalda no parecen hacer mella en mi dura cabezota, tampoco parece que mis pies congelados manden ninguna señal entendible al conjunto de aturdidas neuronas que se apelmazan dentro de mi cráneo. 

- No importa, pronto desaparecerán y dejarán la cavidad vacía, hueca.

Tampoco notarás la diferencia. Pronto mi cerebro se transformará en una pulpa gelatinosas que la providencia dirá si servirá al menos para satisfacer el hambre despiadada de algún oso polar o de algún lobo. 

Pero aún puedo ver. Tumbado boca abajo con la cara mirando al frente puedo ver el terreno que tengo ante mi, un terreno que no voy a poder recorrer, me temo, al menos no andando. También puedo mover las manos.

- ¿Ves como no está tan mal la cosa?

Calla, joder, ¿como puedes todavía pensar que vamos a salir de esta? Si mis pies son dos enormes icebergs enfundados en unas finas botas de piel con los que no podré dar ni un paso mas. 

- ¿No pensarás que vas a poder arrastrarte todo el camino? ¿verdad?

Mis compañeros hace ya horas que han desaparecido de mi vista pero mis estúpidos ojos se aferran al horizonte tratando de localizar alguna figura oscura que avance hacia mi. 

- No van a venir. Pero no sufras, ellos tampoco lo van a conseguir.

Maldito sea el momento en que me caí, ¿quien se iba a imaginar que no me iba a poder volver a levantar? Las huellas del trineo se dirigen hacia el infinito en línea recta desde donde estoy. Las veo bien porque el bote que el trineo lleva encima hace que hayan dejado una profunda marca en la nieve blanda. 

La ventisca no ayuda, no distingo nada, pero ¿que hay que distinguir? estoy solo, toma conciencia de eso, cerebro mio. 

Todavía puedo mover la mano izquierda. Gracias a Dios la tengo cerca de la cara y puedo quitarme la nieve de los ojos para ver si viene alguien a buscarme. Imagino que no tardarán. Noto el peso de la nieve sobre mi espalda y hombros, por debajo de la cadera ya no siento nada y la tripa me arde y siento punzadas. ¿Habré caído sobre alguna piedra angulosa o se trata de mi estómago que se está devorando asimismo por el hambre? 

- ¿Cuanto hace que no como? 

No quiero pensar en lo último que me eché a la boca, eso si que no lo obvia mi cerebro. Lo tiene muy presente, demasiado, algo para olvidar.

- Si no como algo pronto me moriré...

Jajajaja! Como si ese fuera mi mayor problema. La barriga me ha dejado de doler, lo he notado al despertarme esta última vez. Tampoco puedo mover más que el índice y el anular de la mano. Lo justo para quitarme los copos del ojo izquierdo. El párpado del derecho está soldado y ya no lo puedo abrir. 

- No siento nada.

Bueno, siento frío en los pulmones, creo que se están congelando o algo parecido. La boca la tengo abierta y el aire hace un ruido raro al salir. No se si lo que tengo dentro de la mandíbula es mi lengua o una piedra helada, se mueve todavía pero la siento en el paladar como un cuerpo extraño a mi. 

La garganta, de tan estirada como está se ha salido de la bufanda y la noto como un collarín de escayola.

Pero espera, está parando de nevar, vuelvo a ver el horizonte.

-¡Rápido, no se cuanto tiempo podré aguantar con el ojo abierto!

Tengo esa sensación de sueño que te invade cuando ya no puedes aguantar ni un solo segundo despierto más. Pero tengo que aguantar un poco más porque si vienen tengo que poder avisarles de que estoy aquí. Llevo ya demasiado tiempo esperándoles.

- Les veo, ya era hora, por fin han vuelto a por mi. 

- ¿Lo ves? 

Veo una sombra en el horizonte a través de mis pestañas.  Solo puedo ver a través de una pequeña ranura, pero no me cabe ni la menor duda de que la sombra se dirige hacia mi. No viene en línea recta, sino que camina trazando un amplio zig zag y de su cuerpo chaparro y oscuro parten cuatro largas patas delgadas hacia el suelo. 

- Puedes relajarte, ya ha pasado todo. 

Cuando cierro por fin totalmente el ojo, noto como un aliento cálido eriza los pelos de mi nuca, seguramente la última parte sensible de mi cuerpo. También oigo un gruñido. 

Mi cerebro, me tranquiliza:

-Tranquilo, todo va a salir bien.


The problem comes when you feel the cold by inside. Life then begins to be counted by minutes and not by years.

You don´t have too many expectations to survive when you are hundreds of kilometers far from any sea route and more than one thousand far from the nearest fort. Hope turns pale even more when you know those sea routes are completely blocked by ice and they are going to stay like that for at least a couple of months more.

- Nobody is going to come to save me, it is here where I am going to stay forever.

It is here where with some luck someone will stumble upon my bare and dispersed  bones and will ask to himself how the Hell did I manage to get that far. Our brain is a stubborn Jiminy Cricket who is reluctant to believe we are able, too able to die. The three inches of snow accumulated at my back seems not to make any scracht in my hard skull.

Neither my frozen feet seems to send any understandable signal to the handful of stunned neurons which lie compacted inside my skull.

-          Never mind, they soon will disappear and will leave the cavity empty, void.

You won´t be able to tell the difference. Soon my brain will become a gelatinous pulp which providence will say if it will serve at least to satisfy the ruthless hunger of some polar bear or wolve.

But I still can see. Lying facing down, with my face pointing ahead I can see the ground in front of me, a ground I won´t be able to cross, I am afraid, not walking. I can move my hands too.

- Do you see? Things are not that bad.

Shut up, fuck! How can you still believe we are going to escape from this? If my feet are like two huge icebergs shrugged into thin leather boots with which I won´t be able to give a step further.

-          You don´t really think I could drag my body all the way, do you?

My mates have disappeared hours ago but my stupid eyes are clinging to the horizon trying to locate any single dark shape walking towards me.

- They are not going to come, but don´t be afraid, they are not going to make it either.

Damned the moment I fell. Who was going to imagine I wasn´t going to be able to stand up again? The sledge tracks run to the infinite straightforward from where I am lying. I can see them well because the boat over the sledge makes the runners leave a deep trace in the soft snow.

The storm doesn´t help, I can distinguish anything, but …what should I distinguish? I am alone, be aware of that, brain of mine.

I still can move my left hand. Thank goodness it is so close to my face that I can remove the snow from my eyes to see If someone is coming to help me. I imagine it won´t take too long. I can feel the weight of the snow over my back and shoulders, I can´t feel anything now under the hip  and my guts burn and I am feeling a stabbing pain. Would I have fallen over some sharp stone or is this my stomach which is devouring itself?

- How long is since I ate last time?

I don´t want to think about what was the last think I ate, that is not the kind of things my brain forget. That is too alive, too much, something to forget.

- If I don´t eat something soon I will die

Hahaha! As if that were my bigger problem. My belly is not in pain any more, I noticed that when I woke up that last time. I can´t move more than my index finger and the ring finger. Just to remove some snowflakes from my left eye. My right eyelid is welded and I can´t open it.

- I am not feeling anything.

Well, I feel cold in my lungs, I think they are getting frozen or something like that. My mouth is open and the air makes a strange noise when it leaves my body. I am not sure if what is inside my jaws is my tongue or a cold stone, it is still able of moving but I am feeling it like a strange body in my palate.

My throat, as so stretched as it is, lies out of the scarf and I am feeling it as a plaster collar.

But wait, it is stopping of snowing, I can see the horizon again.
- Quickly, I don´t know how many time could I stand with my eye open!

I am fighting against that sleepy feeling which invades you when you can´t stand awake a second further.  But I have to hold on a little bit more, because if they come I need to warn them I am here. I have been waiting too much.

-          I can see them now, it was time. At last they came back for me.
-          Don´t you see?

I can see a shadow in the horizon through my eyelashes.  I can only see through a small opening, but what I am sure that the shadow is walking towards me. Not following a straight line but tracing a zig zag. From his squat body hang four thin legs which reach the floor.

- Relax yourself, everything is over now.

When I finally close completely the eye I feel a warm breath which make my neck hairs stand on end, surely my last sensitive part of my body. I hear a grunt too.

My brain calms me:


- Keep calm, everything is going to be all right.